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Arístides Fernández

Arístides Fernández

ARÍSTIDES FERNÁNDEZ (Güines, La Habana, 1904-
La Habana, 1934)

En los archivos de San Alejandro hay constancia de su temprana vocación por la pintura: ya en 1917 matricula Dibujo elemental; pero su paso por la escuela solo sirvió para definir en él una actitud de rechazo a sus prácticas envejecidas y para vincularlo a un grupo de jóvenes que combatirían el academicismo: Víctor Manuel, Ravenet, Romero Arciaga, Arche y otros. Con ellos se reúne en las tertulias habaneras de Emilio Rodríguez Correa o trabaja en sesiones informales en su propia casa. Este es su verdadero aprendizaje, anárquico e insuficiente pero realizado en una atmósfera de libertad creativa y desprejuiciada, y alimentado en la pasión por una expresión moderna en Cuba. En este ambiente Arístides Fernández va creando al mismo tiempo su obra literaria y pictórica, de íntimas correspondencias expresivas, por la que es considerado un verdadero precursor.

Las preocupaciones esenciales de su obra plástica –el tema rural, los campesinos, el tema social – lo ubican dentro de las coordenadas del “arte nuevo”. La intensidad y la austeridad con los que aborda estos temas, no obstante, lo alejan de la exterioridad con que a veces fueron tratados por otros pintores contemporáneos. Sus guajiros, reconcentrados y dramáticos frente a una naturaleza miserable y despojada, inauguran una mirada diferente. Sus escenas de manifestaciones callejeras –tomadas de sus vivencias en los últimos días de las luchas antimachadistas – eluden el panfleto. Tan importante como sus contados óleos es su colección de papeles –lápices, tintas y acuarelas – en algunos de los cuales late una posibilidad mural que también lo obsesionaba, y a la que nunca tuvo acceso. Su obra escasa –sobre la que el artista ejercía una autocrítica severa – quedó interrumpida por una muerte prematura y no fue suficientemente apreciada por sus contemporáneos. Su nombre no aparece en las primeras exposiciones personales o colectivas del “arte nuevo” cubano. Su primera exposición personal, organizada por Emilio Rodríguez Correa y Jorge Arche, se realiza en el Lyceum poco después de su muerte. Su revalorización empezaría también entonces y tendría su exégeta más entusiasta en José Lezama Lima, quien en 1935 publicó su primer ensayo sobre esta personalidad singular. Sus cuentos –en los que también se ha apreciado su carácter anticipatorio– se publicaron póstumamente.