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Sala Surgimiento del Arte moderno

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  • Nivel 3. Salas expositivas y vías de acceso
Sala Surgimiento del Arte moderno

Sala Surgimiento del Arte moderno

Ubicación: 
Nivel 3. Edificio Arte Cubano

Una dinámica diferente se evidenciará a partir de la irrupción del arte moderno en Cuba. El cuarto de siglo que transcurre a partir de 1925,cuando comienzan a manifestarse las primeras inquietudes de algunos jóvenes artistas, hasta que estas intenciones han cuajado, cumpliéndose los presupuestos del modernismo nacionalista cubano, constituye un período clave dentro de la cultura cubana. En lo que a artes visuales se refiere, es un momento de madurez y coherencia colectivas y, al mismo tiempo, la eclosión de importantes individualidades ya figuras importantes del arte cubano y también del arte continental. Con excepción del mexicano, y quizás del brasileño, ningún otro movimiento plástico latinoamericano muestra tal unidad de intenciones y, dentro de ella, la manifestación de tan vigorosas personalidades artísticas. En este período, cuyos límites aproximados se sitúan entre 1927 y 1950, se produce un intrincado tejido de tendencias, estilos e intereses variados y hasta opuestos, que determinan el rico panorama de conjunto. Dentro del mismo se advierten, no obstante, dos instantes claramente diferenciados: la generación de los iniciadores que rompen con la tradición académica y terminan por instalar el modernismo en el arte cubano (Surgimiento del arte moderno, 1927-1938); y una segunda promoción, algo más joven, que consolida los logros ya alcanzados e introduce nuevas e importantes inflexiones en la línea de desarrollo abierta por los pioneros, a quienes se han sumado desde finales de los años 30 en un empeño común (Consolidación del arte moderno, 1938-1951). Lo que une a ambas promociones, por encima de circunstanciales antagonismos, es su inserción en una misma tendencia evolutiva caracterizada por la búsqueda de una expresión nacional dentro de la modernidad artística occidental. Del estudio del movimiento moderno cubano surgen claves para entender muchos rasgos de la contemporaneidad artística cubana. Su peculiar respuesta a la articulación entre lo vernáculo y la vanguardia occidental, desde las circunstancias de un intrincado panorama de procesos socio-culturales coexistentes, demuestra que la dialéctica entre tradición y modernidad forma parte de la estructura misma de nuestra cultura. A finales de los años 40 y principios de los 50 la generación emergente surge con intereses diversos a los de sus predecesores (Otras perspectivas del arte moderno, 1951-1963). Los jóvenes pintores y escultores tienen un interés marcado en poner a la plástica cubana en sintonía con las corrientes que se mueven alrededor de la abstracción, tanto en su vertiente geométrica como informalista. Se reniega de las búsquedas nacionalistas de los predecesores y se promueve un lenguaje acorde con las líneas internacionales impulsadas por los dos más importantes centros culturales de la postguerra, París y Nueva York. Surge el grupo Los Once cuyos integrantes se revelarían posteriormente como figuras determinantes en el desarrollo del arte del período. Paralelamente, algunos artistas como Sandu Darie, Luis Martínez Pedro y Mario Carreño trabajan con rigor e imaginación la abstracción geométrica. Otros forman un núcleo alrededor de la figura de Loló Soldevilla y la Galería Color-Luz en el grupo 10 Pintores Concretos. Todos ellos traerían un profundo espíritu de renovación cosmopolita a la plástica cubana. En este período se desarrolla también un fuerte movimiento de recuperación de la escultura cubana. Los iniciadores de este impulso de modernidad están representados en las salas por obras de Juan José Sicre, Florencio Gelabert, Rita Longa, Ernesto Navarro y Teodoro Ramos Blanco. A ellos se une una segunda generación de creadores que en los años 40 consolidará los logros alcanzados por sus predecesores, entre ellos, Alfredo Lozano, Rolando Gutiérrez y Eugenio Rodríguez. En la década del 50 se impone, en la escultura, la abstracción y como nuevo material, el hierro. Surge una hornada de verdaderos talentos que conducirán a la escultura cubana a uno de sus momentos más felices. Sobresalen las figuras de Roberto Estopiñán, Agustín Cárdenas, Francisco Antigua, José Antonio Díaz Peláez y Domingo Ravenet, entre otros. Mención particular merece el renacimiento del grabado en los años 50, en particular la técnica xilográfica. En ese sentido la Asociación de Grabadores de Cuba y su presidente Carmelo González desempeñaron un papel decisivo en la circulación por las galerías de un grabado en el que prevalece un interés eminentemente social y que establece un interesante contrapunto visual con la pintura y la escultura de la época, dominadas por la abstracción. A partir de las salas modernas se hace más frecuente en el despliegue museográfico la coexistencia de salas generales, en las que se concreta un determinado período del arte cubano –resaltándose el carácter histórico del fenómeno, su coherencia interna, sus interrelaciones y sus tendencias predominantes– con espacios individuales incluidos en ellas y dedicados a artistas sobresalientes dentro de dichos períodos, aunque sus ciclos creativos puedan prolongarse extensamente más allá de las etapas de definición y consolidación de sus poéticas. Esta solución permite destacar, en todos sus matices, personalidades artísticas de primer rango tales como Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Marcelo Pogolotti, Amelia Peláez, René Portocarrero y Mariano Rodríguez. La sala dedicada a Wifredo Lam, única en el mundo, constituye un homenaje al mito más universal que ha generado la plástica cubana, y constituye un hito en el discurso de las salas modernas y contemporáneas.