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Joaquín Sorolla en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana (+PDF)

Título: 
Joaquín Sorolla en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana (+PDF)
Autores invitados: 
Fecha: 
1992
Categoría: 

(Fragmento de artículo publicado en el catálogo: Sorolla, el pintor de la luz. Museo de San Carlos. Litógrafos Unidos, S.A. Ciudad de México, 1992).

Dentro de la colección del Museo Nacional de La Habana, la pintura española ocupa un lugar importante. Esta notable presencia responde, sin dudas, a una especial relación histórica entre ambas naciones.

La vinculación colonial de Cuba a España, hasta las postrimerías del siglo XIX, así como la perdurabilidad del flujo migratorio hacia la Isla, que se extendió en el tiempo más allá del logro de su independencia, explican en parte un interés manifiesto por la cultura española. Especialmente en lo tocante a las artes plásticas, España constituyó un paradigma para la Isla hasta el primer cuarto del siglo XX.

Es considerable el número de jóvenes pintores que, egresados de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, viajaban a Madrid a completar estudios, lo que contribuía, naturalmente, a afirmar aquel interés. Por otra parte, desde fines del siglo XIX muchos pintores españoles se preocuparon por viajar a Cuba, exponer y pintar entre nosotros. Consecuentemente, el coleccionismo cubano fue sensible siempre a la pintura española. La colección del Museo Nacional, lejos de responder a una intención independiente, es resultado del fenómeno a que nos hemos referido. Particularmente rica en extensión es la sección correspondiente al siglo XIX y comienzos del XX, en la que se destacan algunos núcleos significativos y entre estos, la pintura de Joaquín Sorolla constituye uno de los conjuntos más abarcadores y representativos.

Niño comiendo sandía fue la primera obra de Sorolla que ingresó a la colección del Museo. Con el objetivo de comprar pintura para sus fondos, en el año 1920, el entonces director de la institución, Antonio Rodríguez Morey, viajó a Madrid. Pintor él mismo y conocedor del maestro valenciano, acudió a su taller, donde adquirió la pieza por el bajo precio de 4 000 pesetas, lo que indudablemente muestra la comprensión de Sorolla para con una institución de bajos recursos.

Sin embargo, la noticia más temprana que tenemos de una pieza que le fuera comprada por un cubano corresponde a un encargo del año 1894: Retrato de la Marquesa de Balboa (cat.16). En 1894, sólo unos años después de haberse asentado en Madrid, Sorolla había alcanzado una buena reputación como pintor de moda, gracias a sus premios en certámenes y Salones. Introducido en la sociedad madrileña por su culto amigo, el pintor Aureliano de Beruete —y probablemente estimulado por él—, comenzó a aceptar encargos para realizar retratos. Es conocido el desinterés de Sorolla por algunos de esos encargos, pero también las jugosas ganancias que recibió por ese concepto. El de la Marquesa de Balboa es, al parecer, el primero de una serie de retratos realizados a la aristocracia colonial cubana, que mantenía vínculos estrechos con la sociedad de Madrid.

Pero al margen de este tipo de obras, cuya atracción en el cliente estaba motivada por la moda, también hubo en Cuba una preocupación inherente al coleccionismo por la obra más auténtica de Sorolla. A esta otra orientación corresponde Escena del Puerto de Valencia, paisaje propio de su estilo, comprado por el habanero Joaquín Godoy al pintor en 1904.

Aunque ciertamente —quizás contradiciendo las reglas generales— la obra de Sorolla fue coleccionada en Cuba con mayor profusión luego de la muerte del pintor y hasta la década de 1950, debe observarse que ese interés por el autor existía —de una forma u otra— desde antes de que este alcanzara su plena madurez alrededor de 1900. Y ese gusto por su pintura se mantuvo a lo largo de la vida del maestro y continuó creciendo luego de su muerte.

Del año 1921, después de que Sorolla sufriera el ataque de hemiplejia, data la primera y única ocasión que conocemos, en que fuera expuesta públicamente en Cuba —en vida del pintor— alguna obra suya.

Se trata del Retrato de la tiple mexicana Esperanza Iris, una de las últimas telas pintadas por el artista, cuyo propietario de aquel momento desconocemos, así como su paradero actual. El retrato de expuso en el Salón de Bellas Artes de La Habana, y fue reproducido y convenientemente divulgado por la prensa. Al margen de la conocida popularidad en Cuba de la retratada, la manera en que fue enfocada la muestra denota la atención que despertaba entonces el pintor, acrecentado, indudablemente, por la incertidumbre acerca de si volvería a pintar o no. En verdad puede parecer extraño que hasta esa fecha Sorolla no hubiera expuesto en Cuba, sobre todo si tomamos en consideración que otros pintores españoles contemporáneos suyos, ya lo habían hecho.

Realmente muchos años antes debió haberse producido su primera muestra en la Isla. Según comentó el periodista Manuel Carretero, en un diario madrileño en 1907, ese mismo año Sorolla había proyectado exponer muy pronto sus obras en los Estados Unidos de Norteamérica, Buenos Aires y Cuba. Desde principios de esa década, algunas instituciones estadounidenses habían gestionado exhibiciones del pintor sin resultado alguno. De igual modo, es conocida la insistencia de José Artal, marchante en Buenos Aires, por lograr una muestra personal del pintor.

Desconocemos las razones directas que motivaron al pintor a proyectar una exposición en Cuba, pero puede intentarse una explicación de ese deseo. Por una parte están las relaciones de amistad que lo unían a coleccionistas, amantes del arte residentes en la Isla -españoles, como los Ducassi, y cubanos- , y también pintores que admiraban su obra; por otra parte el interés que ya ésta había despertado en el país. Y finalmente, debe tomarse en cuenta el hecho de que La Habana era una plaza americana de cierta importancia para la pintura española. Esto lo prueban los muchos artistas que desde el siglo XIX viajaron aquí para exponer. Ignacio Zuloaga -otro triunfador, a quien la crítica convirtió en enemigo de Sorolla sólo porque veía la pintura de un modo diferente- realizó con notable éxito una exposición en La Habana, dos años después de la muerte del maestro valenciano.

Todo hace suponer que una muestra de Sorolla -cuya obra es mucho más afín quizás al temperamento del cubano, que la del pintor vasco- habría tenido buenos resultados. Lo cierto es que la exposición proyectada por Sorolla no se llevó a efecto y el público cubano tuvo que esperar primero hasta 1921 y luego hasta 1928 para apreciar su arte.

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